LA CEREMONIA DE LOS IDIOTAS; UNA VISIÓN DIFERENTE DEL QUÉ DIRÁN Viernes, Sep 7 2012 

Hace escasos días recibí una llamada de teléfono de un número desconocido. Aunque en tales casos no suelo responder, esta vez decidí averiguar quién se escondía al otro lado del auricular. Lo hice por precaución, no fuera a ser que alguien me llamase por algún proyecto interesante de cara al otoño que se cierne. Una voz grave me apeló de forma contundente. Aquella persona me resultaba familiar, pero no sabía de quién se trata. Le inquirí e inmediatamente me aclaró el misterio. Se trataba de un pariente cercano cuyo vástago estaba a punto de contraer el sagrado matrimonio. El motivo de la llamada era para preguntarme por qué yo no había respondido a la invitación al sacrosanto evento familiar. “No procede”- contesté de forma lacónica. “¿Por qué no?- me inquirió-

“Porque considero que no estoy obligado a responder a nadie si no quiero”- le espeté con un tono cándido.

El hombre, lejos de ofenderse, se dignó a interesarse por mis estados de salud y laboral.

 

Una vez más, alguien con quien apenas tengo trato se había atrevido a invitarme a una ceremonia de fastos y pompa, de ésas que detesto con todas mis entrañas.

 

En los últimos seis o siete años he sido convidado a una docena de estos eventos: bodas, comuniones y bautizos. Sin embargo, no he acudido a ninguno de ellos. Mucha gente me habrá criticado, despreciado e incluso juzgado por rehusar los convites repetidamente. No obstante, no me importa. La mayoría habrá deseado hacer lo mismo en numerosas ocasiones, mas no se han atrevido por miedo al qué dirán o al juicio de valor de sus allegados (y no tanto). Con todo, a mí me importa poco la opinión de personas que no representan nada en mi vida, individuos cuyo afán recaudatorio es el único motor que los mueve en el complejo entramado de caminos de la sociedad actual.

 

Igualmente, hace unos años recibí una carta. Nada más sostenerla entre mis manos me apercibí de que estaba dirigida al hijo de Don Fulanito, es decir, mi padre. Las personas que me habían enviado aquello ni siquiera sabían cómo me llamo, o lo que es peor, ni se habían dignado a hacer el esfuerzo de averiguar mi nombre.

 

Acto seguido, no dudé en proferir una letanía de exquisitos adjetivos para calificar tamaña osadía. Mi sabio abuelo, que aún vivía entonces, no dudó en teatralizar mi actitud mediante gestos imitativos y ademanes de ventrílocuo. A él le encantaba mi forma de ser porque era muy parecido a mí. Sin embargo, debido a la época que le había tocado vivir, él había tenido que tragarse las ganas de actuar libremente en numerosas ocasiones. De todas formas, esta vez el objetivo de las muecas no era otro que el de avisarme de la presencia de la futura novia y de la madre de ésta en el patio de la casa, una planta baja en una antigua construcción. Justo al otro lado del grueso muro, detrás de la venta abierta de par en par con viejas cortinas raídas al vuelo de una brisa del nordeste, se encontraban las autoras del convite que, por supuesto, habían asistido perplejas a mi derroche de chulería dialéctica. Dado que soy políticamente incorrecto por naturaleza y en aquel momento las excusas holgaban, decidí enfrentarme a la realidad de forma valiente y me enzarcé con la prometida y su madre en una batalla dialéctica que acabó convirtiéndose en una suerte de monólogo teatral por mi parte.

 

A la carta de invitación se añadía el mal gusto estético de la misma; una foto en blanco y negra de la pareja trucada con un primitivo paint de Microsoft y con un fundido que hasta un niño de cinco años podría haber superado en clase de plástica a golpe de tijera y de papel charol con pegamento de barra. El novio, a quien yo no había visto en mi vida, lucía el uniforme del servicio militar que al que asistió voluntariamente. Ella, al más puro estilo de otros tiempos de sangre, arena y humilladero, lucía sus mejores galas y un atrevido escote coronado por una sarta de joyas de mercadillo. Ambos me convidaban a su enlace matrimonial mediante una especie de versos cursis propios de revista para quinceañeras, estribillo que interpreté como un intento desaforado por persuadir a los invitados dudosos de que la sagrada unión de aquellos esbirros del lirismo valía la pena.

Por otro lado, la prometida parecía ser sobrina carnal directa de uno de mis abuelos, pero ninguno

de ellos sabía ubicarla exactamente dentro del complejo entramado genealógico de la España de hace décadas. Argumento éste que aproveché a conciencia para hacer razonar a las anfitrionas. ¿Cómo se puede ser tan caradura? ¿Acaso es posible hacer gala de mayor falta de dignidad y de escrúpulos en el ámbito social?

 

Lo mejor de todo estaba aún por llegar. Aquel cartón, apoteosis del mal gusto, estaba calzado con un par de bonitas sugerencias o más bien obligaciones: un número de cuenta bancaria para depositar unas cantidades de dinero ya pactadas y una lista de objetos que les hacían falta.

 

Mi ira y vergüenza crecieron desproporcionadamente al llegar a este punto. Yo podía defenderme y negarme a acudir a este tipo de ceremonia, pero mucha gente mayor como mis abuelos, asisten por convenciones sociales, por preceptos aprendidos en la infancia y por miedo al juicio. En este caso, nuestros ancianos son utilizados día a día por sus descendientes que los ven como huchas o botes cargados de propinas. Este fue el punto que más me enfureció.

 

Después de haber escupido todos mis pensamientos me senté relajadamente y reflexioné. Aquél fue uno de los momentos de mi vida en que me he sentido más orgulloso de mí mismo y de maneras consideradas despóticas. Acababa de ser yo mismo.

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“MANOLO DOS CON LECHE Y UNO SOLO”, HISTORIA SUCINTA DE UN JUBILADO ESPAÑOL Miércoles, Sep 5 2012 

ImageManolo “Dos con leche y uno solo” es uno de esos personajes que, sin ninguna duda, permanecerán en mi subconsciente más allá de la muerte. Seguramente, en una próxima encarnación recibiré ráfagas de recuerdos inconexos, veré su rostro en sueños lúcidos, incluso, pronunciaré su nombre espontáneamente como aquel poseso con xenoglosia, que habla supuestamente en lenguas desconocidas para él mismo.

Asimismo, Manolo “dos con leche y uno solo” representa uno de esos errores que todos cometemos alguna vez en nuestras más o menos largas vidas. Manolo representa la compasión de un ciudadano (yo) hacia un jubilado. Sin embargo, ahora soy yo quien clama conmiseración, piedad y misericordia.

 

Hace muchos años que intercambié mi primera palabra con Manolo “dos con leche y uno solo”. Manolo siempre ha estado jubilado. Supongo que forma parte de ese exiguo número de ciudadanos que nace ya jubilado. Yo siempre lo he conocido pensionista, pero a pesar de tantos años, Manolo no sobrepasa la cincuentena. Aún hoy, para mí se antoja un misterio la razón por la cual este señor de oronda figura casi nunca ha trabajado.

Sin embargo, no es su estado de perceptor de ayudas estatales lo que me ocupa aquí. Me gustaría hablar de mi relación con Manolo “dos con leche y uno solo” y quien dice “mi relación” , también se refiere a la relación que este señor de mediana edad mantiene con buena parte de los habitantes del distrito.

 

Manolo mide cerca de un metro con setenta y cinco centímetros. Es un señor de cintura distraída y desde hace unas tres décadas exhibe un aspecto muy cercano al del muñeco mascota de una famosa marca francesa de neumáticos. Tiene dos ojos muy pequeños y rasgados hundidos en unas mejillas muy bien provistas. Se rumorea que tiene algún antepasado del Asia central, pero sólo es una leyenda urbana sin apoyo documental o científico. Asimismo, Manolo es un hombre conservador; desde los años ochenta viste un chándal de felpa gris oscuro y una camiseta blanca de una célebre marca española de textiles masculinos. Muchos convecinos se admiran de la resistencia sobrenatural del tejido que viste Manolo “dos con leche y uno solo”. Uno de esos admiradores soy yo. Muchas veces me pregunto si posee varias docenas de conjuntos iguales o si, por el contrario y como reza la sapientísima vox populi, es el mismo chándal que ya lucía allá por 1982.

La innegable fascinación, odio, repulsa y admiración que despierta este personaje va más allá de su vestimenta. Manolo es uno de esos seres que amas u odias, pero sin término medio.

 

Desde hace muchos años Manolo se dedica a matar el tiempo literalmente a golpe de cortina y de lengua. Suele esconderse detrás de una amplia sábana amarillenta que lleva expuesta en su patio, en días alternos, desde finales de la década de los setenta según comentan los más ancianos del lugar.

Manolo gusta de apostarse tras la síndone que acabará convertiéndose en un enigma como ya lo fuera el Santo Sudario de Turín y es que Manolo pasa más horas agazapado detrás de ella que llevando a cabo otras actividades de primera necesidad. El susodicho lienzo luce además una pequeña brecha en su centro, a modo de escotilla, a través de la cual vigila todo cuanto sucede a su alrededor.

 

Manolo “Dos con leche y uno solo” es , por supuesto, una fuente de rumores e intrigas, protagonista de cualquier evento popular y principal orador en eventos a los cuales no está invitado.

 

Otro de los misterios insondables que rodea a Manolo es su capacidad para permanecer despierto. Diversos habitantes de los alrededores hemos probado a pasar a las horas más intempestivas en los días más señalados del año y él permanecía allí, inmóvil, impasible, como una estatua de plomo, encorvado detrás de un trozo de tela, a la espera de un chisme que propagar o de una nueva víctima que atrapar entres sus trasmallos a la que asfixiará a preguntas inquisitivas con su proterva capacidad para sonsacar información a las almas más indefensas.

 

También es conocido nuestro ya mítico Manolo por su afición inexorable a denunciar a todas aquellas personas físicas o entidades jurídicas cuando él lo crea conveniente. En algunos servicios públicos lo han invitado a salir en varias ocasiones así como en diversos negocios de la zona donde es persona non grata .

 

Su afición por dedicar piropos de dudoso mal gusto a los convecinos le ha ayudado a granjear aún más enemistades y recelos entre sus allegados.

 

Yo caí en sus redes de lenguaraz tejido hace una década. Yo no vivía en esta ciudad y tan sólo pasaba unos días al año junto a la costa. Un día, mientras regresaba a pie a mi casa, una voz me asaltó desde detrás de una sábana amarillenta y me llamó. ¿Te acerco a algún lado? -Obviamente me negué, aferrándome a las enseñanzas de otrora que advertían del peligro de subirse a un coche con desconocidos. Sin embargo, este encuentro que parecía fortuito volvió a repetirse varios días seguidos. Sin embargo, lo casual de los tropiezos empezó a sonar a gato encerrado cuando, de repente, me lo topaba casi en cualquier rincón. Viendo su aspecto de hombre maltrecho y vapuleado por la vida, me compadecí inconscientemente de él y comencé a conversar. No obstante, yo no estaba consciente del grave error que cometía y aún hoy me fustigo cada vez que me lo encuentro. Si aquel lejano día le hubiera dado un corte… Pienso con aire de calamidad. El señor me persigue desde entonces al igual que persigue a otra vecina y un matrimonio gitano que habita a unos dos kilómetros del lugar. Fuimos presas fáciles; personas que cargamos con el pesado saco del sentimiento judeocristiano de la penitencia para con el prójimo y decidimos escuchar a Manolo “dos con leche y uno solo”, personaje temido por otros jubilados, terror de mujeres, pavor de infantes y, sobre todo, de comerciantes que ven en su lengua afilada y murmuradora una amenaza para sus negocios y clientela en tiempos de oscura crisis.

 

Manolo es así… ha conseguido enturbiar la paz con que regresaba a mi casa hace años. Ahora siempre miro a los costados por si emergiera de cualquier rincón, de forma inesperada y brutal. A veces sueño que su apéndice lingual estirado y ponzoñoso se despliega hasta enroscarse en torno a mí y luego aprieta hasta asfixiarme. He probado de todo para librarme de él, pero Manolo “Dos con leche y uno solo” no se da por vencido fácilmente y, sobre todo, juega con una gran ventaja : Es una persona poco susceptible. Por ese motivo, cualquier mala contestación, exabrupto, desplante, abyección, amenaza, improperio o ademán de agresión se revelan inútiles frente al descaro de tal Manolo.

 

El destino le dio un toque de atención hace unos cuatro años mientras se encontraba escondido detrás de su sábana desgastada arreglando el césped con una máquina que acababa de encontrar. Se agachó para acechar a dos peatones y oír la conversación de éstos cuando, de repente zas, La cortacéspedes se tragó su mano izquierda. Varias operaciones y semanas de ingreso hospitalario consiguieron devolver la extremidad de Manolo a su estadio casi original y a nosotros sufridos inocentes descansar en paz… aunque no por mucho tiempo. Ahora mismo, desde mi ventana puedo vislumbrar su redonda figura vigilando el tiempo y el espacio. No os confiéis, Manolo os conoce a todos aunque vosotros nunca lo hayáis conocido a él.  

EL PAÑUELO DE LÁGRIMAS DE LOS IMBÉCILES ( 100% BIODEGRADABLE) Martes, Sep 4 2012 

Supongo que es más habitual de lo que parece y que ni siquiera debería perder una sola millonésima de segundo en mencionar este hecho, pero no puedo evitar que me corroa la mente y, sobre todo, que me cause una cierta ira. A veces me siento culpable de enfurecerme por algo así, pero lo confieso, soy incapaz de domeñar ciertos sentimientos primitivos que me acompañan.

 

De todos es sabido que hoy en día vivimos en una sociedad donde los individualismos e intereses se interponen a las relaciones personales. No obstante, creo que esto lleva siendo así desde hace eones, es decir, dudo que sea fruto de la nueva sociedad hiper sexualidad de alta tecnología y redes de comunicación. No obstante, actualmente se hace más patente.

 

La gente que uno frecuente desaparece de repente, sin dejar ni rastro. Hace tiempo esta actitud me pillaba de sorpresa. A veces, incluso llegaba a quitarme el sueño, pero ahora que entiendo el porqué, ya no me inflige el menor daño.

 

La primavera pasada una joven conocida empezó a llamarme y a tener un interés muy especial en verme. Obviamente, como descubriría poco después, yo no le interesaba ni lo más mínimo. La muchacha acababa de quedarse sola. Su marido se había largado de casa porque había encontrado otra pánfila que lo aguantaba más y mejor y la primera se sentía vilipendiada. Así pues, la moza decidió pegarse a mí y darme la tabarra día y noche durante semanas relatándome una y otra vez la misma monserga. Parecía no aburrirse. Las semanas iban pasando y mi tedio aumentaba en proporciones inconmensurables. Sin embargo, un buen día de principios de junio se esfumó. No volví a saber de ella. Cierto es también que yo tampoco me atreví a contactar con ella. Me daba miedo el abrir la caja de los vientos y que prosiguiese con su letanía inaguantable durante unas semanas más. Con todo, a principios de agosto la curiosidad que me roía era tal que decidí llamarla. Me apetecía saber qué era de su vida y cómo había superado tamaña injuria del abandono. Su respuesta fue escueta, proferida con voz entrecortada y con un lenguaje lento y especialmente cuidado para lo que solía ser habitual. “Es que volvió a principios de junio” Me contestó con ciertas reservas. “Lo sabía perfectamente” Repliqué con firmeza.

En principio ella no daba crédito a mi respuesta, pero no dude ni un segundo en explicarle por qué conocía el desenlace de la historia. A fin de cuentas, ésta no es más que otra persona que sirve como ejemplo ilustrativo de esta sociedad de intereses. Primero, actúa con un entusiasmo fingido para ahorrarse la consulta del psicoanalista y ahorrarse la estancia en el diván que, por lo visto, es harto incómodo. Acto seguido, se desvanece en la nada absoluta. “Su semental a vuelto al redil, cabizbajo, psíquicamente castrado y sumiso a la hembra con celo atrasado” Pensé con cierta malicia.

Poco después, volvió a suceder algo muy semejante. El verano se cernía y, de repente, una antigua amistad salía a flote después de una larga temporada en las profundidades de algún mar lejano. El fantasma del barco surgía de las fosas marinas para estar las veinticuatro horas del día pendiente de mí. Sin embargo, éste también desapareció repentinamente. Supuse que su media naranja hubiese reabierto la puerta de su corazón hasta entonces sellada a cal y canto. Y así fue. Esta vez fue el diabólico ingenio virtual de facebook quien me certificó la buena nueva que yo daba ya por supuesta.

Estos dos ejemplos son una porción ínfima de los millones que cada día tienen lugar en nuestra sociedad. Personas que hacen todo lo posible por estar acompañadas a toda costa. Incapaces de enfrentar la vida solas, vuelven con sus parejas y rehacen sus vidas en tiempo exprés para regresar al culmen del tedio previo a su vida en soltería. Mientras tanto, personas como éstas se dedican a poner verde a sus ex parejas, apoyándose en el hombro alicaído de algún imbécil que tenga suficiente tiempo para escuchar semejante sermón.

“Esta vez es la última” me repetí hace unos días. Y creedme, soy de los que consigue todo lo que se propone. 

EL PAÑUELO DE LÁGRIMAS DE LOS IMBÉCILES ( 100% BIODEGRADABLE) Martes, Sep 4 2012 

Supongo que es más habitual de lo que parece y que ni siquiera debería perder una sola millonésima de segundo en mencionar este hecho, pero no puedo evitar que me corroa la mente y, sobre todo, que me cause una cierta ira. A veces me siento culpable de enfurecerme por algo así, pero lo confieso, soy incapaz de domeñar ciertos sentimientos primitivos que me acompañan.

 

De todos es sabido que hoy en día vivimos en una sociedad donde los individualismos e intereses se interponen a las relaciones personales. No obstante, creo que esto lleva siendo así desde hace eones, es decir, dudo que sea fruto de la nueva sociedad hiper sexualidad de alta tecnología y redes de comunicación. No obstante, actualmente se hace más patente.

 

La gente que uno frecuente desaparece de repente, sin dejar ni rastro. Hace tiempo esta actitud me pillaba de sorpresa. A veces, incluso llegaba a quitarme el sueño, pero ahora que entiendo el porqué, ya no me inflige el menor daño.

 

La primavera pasada una joven conocida empezó a llamarme y a tener un interés muy especial en verme. Obviamente, como descubriría poco después, yo no le interesaba ni lo más mínimo. La muchacha acababa de quedarse sola. Su marido se había largado de casa porque había encontrado otra pánfila que lo aguantaba más y mejor y la primera se sentía vilipendiada. Así pues, la moza decidió pegarse a mí y darme la tabarra día y noche durante semanas relatándome una y otra vez la misma monserga. Parecía no aburrirse. Las semanas iban pasando y mi tedio aumentaba en proporciones inconmensurables. Sin embargo, un buen día de principios de junio se esfumó. No volví a saber de ella. Cierto es también que yo tampoco me atreví a contactar con ella. Me daba miedo el abrir la caja de los vientos y que prosiguiese con su letanía inaguantable durante unas semanas más. Con todo, a principios de agosto la curiosidad que me roía era tal que decidí llamarla. Me apetecía saber qué era de su vida y cómo había superado tamaña injuria del abandono. Su respuesta fue escueta, proferida con voz entrecortada y con un lenguaje lento y especialmente cuidado para lo que solía ser habitual. “Es que volvió a principios de junio” Me contestó con ciertas reservas. “Lo sabía perfectamente” Repliqué con firmeza.

En principio ella no daba crédito a mi respuesta, pero no dude ni un segundo en explicarle por qué conocía el desenlace de la historia. A fin de cuentas, ésta no es más que otra persona que sirve como ejemplo ilustrativo de esta sociedad de intereses. Primero, actúa con un entusiasmo fingido para ahorrarse la consulta del psicoanalista y ahorrarse la estancia en el diván que, por lo visto, es harto incómodo. Acto seguido, se desvanece en la nada absoluta. “Su semental a vuelto al redil, cabizbajo, psíquicamente castrado y sumiso a la hembra con celo atrasado” Pensé con cierta malicia.

Poco después, volvió a suceder algo muy semejante. El verano se cernía y, de repente, una antigua amistad salía a flote después de una larga temporada en las profundidades de algún mar lejano. El fantasma del barco surgía de las fosas marinas para estar las veinticuatro horas del día pendiente de mí. Sin embargo, éste también desapareció repentinamente. Supuse que su media naranja hubiese reabierto la puerta de su corazón hasta entonces sellada a cal y canto. Y así fue. Esta vez fue el diabólico ingenio virtual de facebook quien me certificó la buena nueva que yo daba ya por supuesta.

Estos dos ejemplos son una porción ínfima de los millones que cada día tienen lugar en nuestra sociedad. Personas que hacen todo lo posible por estar acompañadas a toda costa. Incapaces de enfrentar la vida solas, vuelven con sus parejas y rehacen sus vidas en tiempo exprés para regresar al culmen del tedio previo a su vida en soltería. Mientras tanto, personas como éstas se dedican a poner verde a sus ex parejas, apoyándose en el hombro alicaído de algún imbécil que tenga suficiente tiempo para escuchar semejante sermón.

“Esta vez es la última” me repetí hace unos días. Y creedme, soy de los que consigue todo lo que se propone. 

LOS LUNES POR LA MAÑANA Y OTROS ODIOS NO ATÁVICOS (LA RELATIVIDAD DEL TODO) Lunes, Sep 3 2012 

Es cuando menos hilarante darse cuenta de qué relativo es todo. Cada mañana de lunes entro en mi cuenta de facebook (sí, yo también tengo de eso) para expresar virtualmente mis mejores deseos a todas aquellas personas que están en mi lista de “amigos”. Cada primer día de la semana, sin embargo, me encuentro con una letanía interminable de lamentaciones y quejas horrendas consagradas al lunes: vuelta al trabajo, está nublado, se acabó el finde , qué pereza, qué pesadilla, etc.

Desde hace ya bastante tiempo, abrir el facebook los lunes a primera hora se ha convertido en una suerte de antesala de pesadilla. Muchos días, como hoy, me pregunto qué necesita la gente para ser feliz. Quien tiene trabajo pena por ir al curro, quien no lo tiene se lamenta del desempleo, quien se encuentra parado, pero cobrando el subsidio se queja de que ha de sellar la cartilla de la susodicha ayuda y así un sinfín de quejumbres sollozantes. No obstante, hoy me ha sorprendido gratamente que nadie haya encontrado un punto negativo sobre la meteorología. Por lo visto, el presente lunes debe de ser del agrado de todos mis “amigos” virtuales. Recuerdo aún que hace unas semanas, nada más abrir sesión, me dí de bruces con un sarta de lamentaciones insoportables referidas a una mañana gris. Entonces escribí : ¿De qué os sirve amargaros por tiempo si no podéis cambiarlo?

A la gente le cuesta convivir con el entorno, sea cual fuere éste. Es curioso, pero me gustaría levantar de sus tumbas a muchos de nuestros antepasados cercanos y preguntarles qué opinan de esta quejumbre y si, en realidad, vivimos tan mal como creemos.

Al final he llegado a la abrumadora conclusión de que la mayoría de los males que nos aquejan son puramente imaginarios, es decir, no existen. Creamos penas, dolores , congojas y tribulaciones con el objetivo consciente, o a veces no tanto, de llamar la atención o sacar conversación. Con todo, permanecemos inconscientes de cuán dañino es llevar esta actitud y propagarla en nuestro entorno.

 

A fin de cuentas, todo es relativo. A mí me gustan los lunes porque me sirven para hacer muchas cosas: trabajar, ganarme la vida, aprender, hacer deporte y otras tantas actividades que me agradan. Para mí cada primer día de la semana es una bendición que anticipa siete jornadas de dinamismo y sorpresas. Sin duda, de vez en cuando tengo lunes lúgubres en los que desearía que me inoculasen un litro de anestesia en vena para dormir durante meses, pero eso sólo sucede ocasionalmente.

Procuro mantenerme positivo frente al trabajo; si hay mucho, mejor. Hace ya años aprendí a mostrar mi gratitud hacia el quehacer diario y, tal vez gracias a esta actitud, nunca me ha faltado de nada.

Los fines de semana suelen presentarse más tediosos, especialmente en épocas del año más sombrías. Sin embargo, intento pasarlos lo mejor que puedo. Pasados ya los treinta es difícil granjear amistades en rincones de provincias. Casi todos están emparejados, hipotecados y amargados y aquéllos que se han desviado de la senda de lo socialmente convenido viven muy lejos de aquí, allende los mares y los Pirineos (o las Arribes de Duero)

A menudo uno se siente algo solo en esta pequeña inmensidad desvirtuada e incluso cree haber perdido las riendas de su propia vida. Con todo, al mirar alrededor y ver todas esas parejas, matrimonios, padres y madres hipotecados, amancebados con el único pretexto de no estar solo y lamentándose constantemente por casi cualquier cosa, uno se da cuenta de la suerte que el destino le ha brindado de ver las cosas de otra manera. Y que así sea.

LETTRE AUX ESPRITS D’UN SAMEDI CENDRÉ (O CARTA AMISTOSA AL TEDIO DE UN SÁBADO TARDE) Sábado, Sep 1 2012 

ImageUne fois je m’aperçus que la paix n’existe pas puisque la paix n’est pas le manque de bruit ni n’est la présence de silence, mais tous les deux. Alors je devins une sorte de peintre de fleurs de lys peignant à la lumière d’un falot, un enchanteur de papillons, dompteur de phalènes, belluaire inlassable. Donc je fis un rêve à l’aube enneigée d’un jour de février aussi grisâtre que l’on croirait qu’il finirait par m’ôter la vie. Peut être à mon insu, mais non…ce fut moi qui la lui délivra.

Moi qui aurais voulu naître dans un mars plaignant, dans un bâtisse voisine d’un phare aveugle qui jamais point de mer n’eût vu, mais voire ainsi put guider les bateaux dans le noir par son âme joyeuse de vivre qui jadis avait créé un océan dans son cœur de lumière battant comme les vagues d’une mer houleuse se heurtant aux bas des falaises mortes

Vous les deux ,qui n’êtes que moi, vîtes une jeune fille gésir dans un lit d’eau salée lovée dans des draps d’écume éblouissante,blanche comme les nuages des cieux qui donnent la bienvenue à tout nouveau-né,à côté d’un pieux Saint Pierre pétré

Vous qui demeurez en moi ; les âmes des preux matelots enfouis dans leurs vaisseaux sous la boue du fond de la mer,

là où ils attendent toujours la rédemption et une main en chair et en os qui décèle leur histoire égarée dans le néant de la nuit des temps et de l’immensité des océans.

Visages glabres des orphelins,cimetières des laissés-pour-compte,abri de rouille et d’oubli ; témoins endormis d’une vie qui passe

et qui ne cesse pas, recoins de l’œstre avide d’une échappatoire qu’aujourd’hui je ne trouve pas.

Pieds nus d’une fillette flânant sur le sable qui ensuite s’estompent dans le brouillard d’un samedi interminable pour retourner couverts de neige et de gel le soir venu. Mais eux, ils disparaîtront vite dans un matin hors du temps.

Et toi, qu’est-ce que ta vie est devenue, capitaine aux mains d’artiste moyenâgeux, toi qui autrefois un vaisseau peignis dans l’orage.

Avant qu’il ne s’enfonçât tu le guidas par ton crayon vers le havre qui l’attendait. Toi qui sauvas des dizaines de vies par la magie du charbon taillé, ne laisse pas ta vie échapper à toi-même !Et ton art éternel qu’il reste à jamais  dessiné sur un brin de toile en papier  mâché ; morceau de magie retenu par le présent

 Et là j’entends toujours ces cloches musiciennes jouant des mélodies ensorcelantes à l’aide d’un orgue de barbarie, qui une partition inachevée complète. Jouez et jouez des flons-flons rescapés de la houle bruyante et se déployant devant vous. Dans votre beffroi immuables, mer furieuse aux eaux plates aujourd’hui, balayez avec vos doigts d’écume le reste d’un corps sans vie dont la mémoire emporta un bataillon d’autres vies qui vécurent au bord d’une mer,juchées sur la même falaise bâtie de paroles et de rimes que le temps fuyant étiola.

Ce corps qui déjà se fane, il gît sur le sable chaud, d’un midi d’été nuageux, mais éclatant et par des milliers de rayons de lumière brûlé dans le feu de la science d’un tel qui d’ennui crève.

 

Meilleurs vœux pour tous ceux qui en moi demeurent

 

DE PRODIGIORUM ET HYPOCRISIS ; UNE VISION RATÉE DE TOUJOURS Jueves, Ago 30 2012 

Je vous prie mes chers lecteurs de bien vouloir excuser ma hardiesse. Aujourd’hui j’ai envie d’écrire en Français parce que la langue de Proust est celle que j’ai parlée et écrite depuis presque toujours. Elle était pourtant tombée dans l’oubli en faveur de l’Anglais qui paraît être très à la mode, mais aujourd’hui j’ai eu l’occasion de rencontrer quelqu’un à l’âme philosophique que je ne voyais pas depuis très longtemps. Cette rencontre hasardeuse nous a poussé à dialoguer, à rafraîchir nos idéaux et à rôder intellectuellement le temps d’une averse pré-automnale. Ce monsieur dont je vous parle a une âme fort gauloise, mais pas chauvine ; une âme élevée sur les fondements de la pensée soi-disant libre, exempte de propos malséants. Une âme qui ne connaît pas le sens du terme « malfrat », mais qui a été éconduite à plusieurs reprises. Cette âme, j’insiste, demeure toujours pure.

Notre conversation plutôt informelle est devenue tout à coup une sorte de apologie acharnée de la méthode empirique de connaissance du milieu où l’on vit. Malheureusement nous n’avons pas eu le temps d’achever notre causerie à cause des astreintes de tous les deux. On est partis soudain sans avoir le temps de nous dire à plus ou à très bientôt. Avant que mon interlocuteur ne parte on a parlé vivement au sujet du « jugement » et de l’hypocrisie existante autour de certaines pratiques censées être blâmables par la plupart de la société, mais n’étant qu’un bel exemple de faux-semblant.

 

Alors on se pose la question éternelle ; Juger ou ne pas juger ?

 

Depuis des temps reculés on a eu l’idée que seul le jugement partial est la façon de parvenir à la solution de n’importe quel problème. Or, on a jugé depuis l’aube des temps et on a été critiques avec tout et tous. Déjà dans la Grèce ancienne, les tribunaux étaient célèbres pour leur impartialité et aussi pour la qualité des membres en faisant partie.

Cette institution était, bien sûr, beaucoup plus ancienne et avait sûrement précédé les civilisations mésopotamiennes les plus primitives. Depuis le XIXe siècle on croit à l’existence de tribunaux gérés

par des tribus indo-européennes et mésopotamiennes préhistoriques qui auraient dû compter sur l’aide d’un savant qui aurait été chargé des affaires morales et de justice éthique au sein des clans nomades. Cette idée longtemps rejetée et désormais soutenue par de nombreuses retrouvailles confirmant l’existence du concept « LOI » dans ces sociétés soi-disant primitives.

Néanmoins, les règles morales et de conduite durent se relâcher très vite et petit à petit ces groupes sociaux virent comment leurs proches commençaient à agir de façon immorale et que les nouvelles générations exigeaient un changement voire plus radical qui aurait enfin lieu, mais n’aboutirait pas.

Ce qui n’est toujours pas clair est si le crime était condamné. Lorsque l’on parle de « crime » il faut penser aux concepts de ces temps dont on parle. La plupart des agissements qu’on considère des « actions criminelles » aujourd’hui ne l’étaient pas jadis et vice-versa. Toutefois il vaut la peine mentionner que le « crime » vu d’une optique catégorique n’appartient à aucun temps et est, tout de même, libéré d’espace. On ne sait guère rien sur les condamnations appliquées aux criminels des sociétés préhistoriques organisées. Quelquefois les historiens ont pensé que le crime était, en général, consenti dans certains cas après l’application de quelques règles morales en vue du bien commun.

D’après les recherches menées à bien dernièrement on sait que certains individus étaient parfois châtiés, d’autres tout simplement punis ou asservis et voire torturés, mais malheureusement on ne sait presque rien à cet égard puisque la plupart des hypothèses faites par les experts sont fondées sur les découvertes archéologiques faites depuis soixante ans. Alors on juge les sociétés primitives depuis le début du XXIème sans s’apercevoir qu’il est absolument impossible de savoir ce qui se passait cela fait 8.000 ans. On se heurte aux propos dogmatiques des intellos qui croient être en possession de la vérité et de la raison universelles et on joue au jeu de l’hypocrisie très à la mode de nos jours.

Cependant il y a aussi d’autres experts, peut-être moins hardis dans leur propos, qui tiennent à préciser que ces punitions infligées sur l’homme primitif n’était pas licites, mais tout simplement des règlements de comptes comme nous les connaissons à présent. A ce point il m’arrive très souvent de devoir m’arrêter dans le dessein de réfléchir profondément sur la moralité et la capacité que nous avons tous pour juger un individu quelconque. Qui et que peut être jugé ?

 

Cette litanie à la façon d’un serment que je viens de proférer semble être hors du contexte de notre conversation de ce matin, mais croyez-moi, elle n’est qu’une vision métaphorique et très réfléchie de ce dont on a discuté brièvement avant que l’averse ne s’estompe.

J’ai beaucoup lu au sujet du concept du « jugement » ainsi qu’à propos des adjectifs « partial » et « impartial » tous les deux ayant des sens très flous et étant conçus et compris par les citoyens de manières très dissemblables. Or, je n’ai pas voulu continuer à juger les autres à tort et je me suis voué à la lecture et à la compréhension de ces trois termes d’un point de vue plutôt philosophique et historique tout en mettant de côté les origines étymologiques. Le plus souvent nous jugeons à tort et de façon empirique sans tenir compte du contexte de chaque être, ce contexte méconnu étant l’étincelle qui a mis le feu aux poudres. La méthode d’observation empirique (et aussi d’observance) soutenue par de nombreux philosophes à travers le temps est encore une erreur commise par notre besoin d’assujettissement à des règles préconçues (ou seulement conçues) par des êtres considérés comme supérieurs intellectuellement. J’insiste qu’il s’agit d’une grossière erreur. Nous manquons d’indépendance soit intellectuelle soit physique parce que nous sommes tous soumis à des circonstances contextuelles dont nous ne pouvons pas nous débarrasser. Ce manque nous pousse à être faibles et à juger dans le but de mieux comprendre notre situation et celle de notre entourage qui est, à son tour, étroitement liée au déroulement de la nôtre. A mon avis, c’est alors que l’hypocrisie surgit. On a eu beau employer ledit terme indistinctement, sans tenir compte de ses origines et du noyau de son sens originel , rien n’a changé. A mon avis, on pourrait donc définir ce concept comme la feinte de ses propres sentiments ou caractéristiques vitales et morales dans le dessein de prétendre sembler ce que l’on n’est pas même si ceci est contre les principes moraux du fourbe hypocrite.

Le terme hypocrite apparaît en Français en 1175. C’est Chrétien de Troyes qui le mentionne pour la première fois dans un de ses textes. Cela va sans dire que Chrétien de Troyes l’emprunta au Grec puisque le concept n’existait pas à l’époque et bien sûr n’était pas connu des classes populaires. N’oublions pas mentionner en passant et rien qu’à titre indicatif l’étymologie du terme hellénique.

Hypocrite provient du Grec par le latin hypocrita(m) celui-ci emprunté à la langue de Platon

ὑποκρίτης combinaison de deux termes ὑπο (sous) et κρίτης (juge, décideur, parfois critique) donc ce terme peut être sous-entendu comme celui qui a du mal a décider ou qui décide au dessous de ses possibilités, d’où l’acception actuelle et celle de Chrétien Troyes. Néanmoins, les grecs nommaient « hypocrites » un acteur théâtreux qui, avec sa voix, imitait la voix et les grimaces d’un personnage quelconque. Peu après le terme fut appliqué à un acteur de second ordre qui étudiait et imitait la partie de ce premier tout en simulant lesdites vertus théâtreuses. Le Moyen Âge comporta un changement de beaucoup de termes classiques ainsi que des mœurs d’autrefois tout en les adaptant aux contextes sociaux et religieux de chaque territoire de l’Europe.

Bref, on dirait que l’hypocrite qui juge un proche ou un tiers en raison de leurs agissements avec lesquels il est intérieurement d’accord, mais fait semblant d’être contre. Donc, l’hypocrite n’est qu’un acteur jouant un rôle secondaire dans l’œuvre de théâtre qui est sa propre vie, une graine de malheureux et de malheur pour soi-même et pour la société dans laquelle il est condamné à vivre et à croître. Soyez vous-mêmes.

DE RERUM MIRABILIUM HOMINUM MISELLORUM (SOBRE LOS PRODIGIOS DE LOS HOMBRES PATÉTICOS) Sábado, Ago 25 2012 

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               Una de las indiscutibles ventajas de no tener familia, amigos, pareja ni compañía en el lugar en donde se vive es que uno le dedica más tiempo a sí mismo. A veces, el aburrimiento hace mella, pero otras muchos esa soledad se convierte en aliada y aporta una ayuda inestimable al intelecto y al desarrollo de las relaciones con uno mismo. Hoy ha sido un día gris. Un dolor de cabeza punzante y desagradable me ha acompañado desde media mañana. Esta tarde decidí irme a pedalear unos cuarenta kilómetros con la intención de despejarme y de evadirme del malestar que prometía arruinarme la jornada sabatina. Hubo un momento en que el cansancio me obligó a detenerme en un arcén y a un lado observé una escena típica, pero esta vez me fijé en ella de forma distinta.

Una pareja de veintitantos años se encontraba en una terraza. Ambos eran muy apuestos, cabello brillante al viento pre-otoñal, ropa colorida de entretiempo, pieles bronceadas con una textura perfecta. El muchacho se encontraba repantigado sobre el respaldo de la silla de plástico, con las piernas abierta de par en par y un marcado gesto de hastío en el rostro. Sus manos se hallaban extendidas sobre los muslos, con las palmas hacia abajo y los dedos algo tensos se iban relajando por momentos para volver a contraerse inmediatamente después mientras agarraban las tela del tejano que se arrugaba hacia arriba. Ella permanecía sentada con la espalda recta, mirando fijamente hacia el rostro de él. Su barbilla perfectamente redondeada, como pulida por un artista, descansaba sobre sus manos. Las piernas se hallaban juntas , ocultas debajo de la mesa de publicidad de alguna bebida veraniega tóxica.

Él no cesaba de hablar. Ella no paraba de escuchar, interesada, atónita, ensimismada, enamorada. Él no dejaba de comentar una y mil banalidades. La muchacha quería hablar, contarle algo. Sin embargo, el chico no daba tregua y no dejaba que la joven metiese baza. Poco a poco el gesto de ella se arrugaba, pero él no parecía apercibirse de la decepción que se estaba gestando en su compañera de mesa. Él prosiguió con su letanía insoportable de problemas banales y ella continuó callada, resignada. A el muchacho no le importaba lo que ella tuviera que contarle. A él no le interesaba ella, pero a ella si le importaba él. En ningún momento durante aquel rato el muchacho se dignó a preguntarle qué tal estaba o si le apetecía decirle algo. Ni siquiera le pidió una opinión relacionada con el sermón que él mismo estaba profiriendo en aquel espacio público al aire libre.

Poco a poco retomé el pedaleo y e alejé, no sin antes girar la cabeza disimuladamente un par de veces o tres con el objetivo de averiguar si el chico había cambiado de actitud, pero no, no modificó su conducta ni un ápice.

Mientras me dirigía casa, en medio de aquel viento racheado transversal, me dí cuenta de que la escena que acababa de presenciar no era nada del otro mundo, sino el pan nuestro de cada día de millones de mujeres que viven día a día agazapadas en un rincón de sentimentalismos, bajo el yugo del egoísmo de sus parejas; hombres malcriados, narcisistas, egocéntricos e interesados. Ipso facto en mi mente confluyeron varios ríos de ejemplos de sementales como el de la terraza: conocidos, parientes, vecinos, clientes y otros tantos que tan sólo conozco de oídas. infelizmente ellos son así; les interesa poco cómo se encuentren los demás, los sentimientos o preocupaciones ajenas y, sobre todo, les importa una mierda que los demás se esfuercen en hacerles comprender que en la vida hay más que uno mismo y el semen revenido que uno carga dentro. Fue entonces cuando comprendí por qué hay tantas mujeres que eligen vivir solas (y felices).  Gran lección de vida la de hoy.

Martes, Ago 14 2012 

Mareundarum's Blog

ImageDespués de haber sufrido estoicamente las idas y venidas de noticias relacionadas con los incidentes causados por un alcalde de Izquierda Unida en sendos supermercados de extrarradio, me zambullí a la búsqueda de información sobre este personaje y hasta tuve la desgraciada oportunidad de escuchar alguna entrevista luctuosa a este ente de las profundidades abisales del ámbito intelectual y político. A decir verdad, me repugnó sobretodo su semblanza con un individuo que me tocó sufrir hace unas dos décadas en un lugar de la vieja Castilla cuyo discurso era una réplica exacta del tal Gordillo. Ahí va este nuevo y ominoso relato directamente llegado desde las oscuras e inescrutables profundidades de las fosas abisales.

Esta historia ocurrió hace muchos años, en una época en que los españoles aún gastaban pesetas y añadíamos el correspondiente IVA al 16%. En aquel tiempo mítico, aún muchas escuelas públicas y privadas impartían su docencia…

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TOÑÍN “EL MATACRISTOS” ; LA PELIGROSA ENJUNDIA DE UN MILITANTE DE IZQUIERDA UNIDA Martes, Ago 14 2012 

ImageDespués de haber sufrido estoicamente las idas y venidas de noticias relacionadas con los incidentes causados por un alcalde de Izquierda Unida en sendos supermercados de extrarradio, me zambullí a la búsqueda de información sobre este personaje y hasta tuve la desgraciada oportunidad de escuchar alguna entrevista luctuosa a este ente de las profundidades abisales del ámbito intelectual y político. A decir verdad, me repugnó sobretodo su semblanza con un individuo que me tocó sufrir hace unas dos décadas en un lugar de la vieja Castilla cuyo discurso era una réplica exacta del tal Gordillo. Ahí va este nuevo y ominoso relato directamente llegado desde las oscuras e inescrutables profundidades de las fosas abisales.

Esta historia ocurrió hace muchos años, en una época en que los españoles aún gastaban pesetas y añadíamos el correspondiente IVA al 16%. En aquel tiempo mítico, aún muchas escuelas públicas y privadas impartían su docencia con los planes de 1973 y la EGB continuaba en vigor, aunque poco a poco la llama del conocimiento se fuese extinguiendo en la mayoría de colegios de España. Corría el inicio de la década de los 90 y, como cada puente, mi aún veinteañero padre y yo acudíamos a un villorrio de la vieja Castilla, recuerdo pétreo de tiempos de oración cristiana y ardua labor de un imperio donde nunca se ponía el sol. Aquel pueblo de corte proto-medieval se extendía por unas suaves lomas. La mayoría de las casas estaban abandonadas desde los años siguientes a la guerra civil. Sin embargo una de ellas, coronada por un gran blasón del siglo XV, continuaba en pie. En su interior moraban los dos únicos habitantes del lugar; Toñín “El Matacristos” y su aguerrida concubina Conchita “la del aliento que irrita”.

Toñín “el Mata-Cristos” recibió este apodo de un servidor que en aquella época contaba con apenas nueve años de edad, pero ya mostraba un empacho sobrado de tanto juramento y blasfemia. Entonces decidí bautizarlo con aquel sobrenombre que lo acompañará hasta el día del Juicio Final porque, en su caso, tendrá que vérselas ante alguien, aunque no sé aún muy bien quién.

El señor en cuestión era el cacique de las merindades. Llevaba un lustroso bigote que su mujer sumisa y complaciente le mesaba cada mañana cuidadosamente mientras él hacía un esfuerzo sobrehumano para que no rozarse con ella. Todas las noches ella le lavaba los pies y frotaba todo su cuerpo con una enorme esponja mientras él se adormecía en una enorme palangana de latón en medio de la cocina del caserón. Cualquiera que pasase por la calleja podía ver la escena como si se tratase de la pantalla panorámica de un autocine americano de los setenta. La diastrática de Toñín era la de un comunista trasnochado y se fundamentaba en el proferimiento de letanías interminables de blasfemias que utilizaba a modo de interjecciones, puntos o comas. Toñín era machista. Gustaba de lanzar requiebros a terceras mujeres de pueblos vecinos, incluso delante de su esposa. Si una de aquellas hembras- como él decía- lo rechazaba o simplemente se enfrentaba a él, ésta era acusada de desviación sexual y Toñín le colgaba inmediatamente el sambenito de lesbiana para que sufriese un merecido castigo social. Toñín se creía irresistible; un cicerón de masas, un hombre hermoso y elegante que se había alimentado de su propio sudor y sangre derramados sobre los campos agostados de la Vetusta Castilla bajo un sol de justicia que en verano hervía las charcas y en invierno las helaba con sus rayos acerados.

Recuerdo que cada vez que nos acercábamos a aquel lugar para pasar un par de días, yo era el blanco de todas las invectivas del señor Mata-Cristos que entonces contaría con unos treinta y pocos años. “Gordo”, “foca”, “tonto del bota” “cuántas hostias te voy a dar” me espetaba siempre que me lo cruzaba por alguno de aquellos callejones sin asfalto y semicubiertos por la maleza de años de abandono. Yo casi nunca respondía a las diatribas del señor Toñín, sencillamente porque ya, a tan temprana edad, había comprendido que en este mundo existe un tipo de entes vivientes con los cuales no merece la pena establecer ningún intercambio vital, ni siquiera de forma puntual.

Los fines de semana rurales discurrían con toda normalidad. Sin embargo, una vez escuché una conversación que me heló la sangre. “Toñín el Mata-Cristos” estaba reunido con su señora y esclava y un par de sujetos detrás de unos muros gruesos. Allí murmuraban una conversación de la cual yo apenas podía entresacar un par de palabras o tres ; quemar, facha, monte. Yo no entendía en absoluto de qué estaban hablando, pero la combinación de tales términos, unidos al tono de secretismo con el que la plática se desarrollaba, hicieron que mi curiosidad creciera hasta límites insostenibles. Por ese motivo, decidí mantenerme a la zaga, apostado como un espía de otro lugar y tiempo. Poco a poco colegí de la discusión que este señor, perteneciente a un partido hoy en día llamado “Izquierda Unida” estaba allí con otros dos militantes del mismo grupo, pero de aldeas circundantes planeando un sabotaje a las tierras que un tercer municipio le había entregado a un “facha”. En su desaforado intento por arrebatar los terruños al buen señor de derechas, los secuaces del comunismo trasnochado pergeñaban ideas diversas sobre cómo actuar sin consecuencias de cara a la ley; hablaban de quemar el monte, de matar a sus rebaños, de atraer lobos hacia los rediles, de envenenar las ya de por sí malas hierba del somonte y así un sinfín de atrocidades en pro de una supuesta justicia social que los cuatro partisanos de finales del siglo XX quería imponer en aquel imperio de tierra seca y árboles centenarios de aire enjuto y enfermizo.

Mientras tanto, una voz moderaba sobresalía entre las demás y abogaba por una actuación justa ya que el “joputa del facha de mierda” había obtenido la susodicha concesión de forma totalmente lícita y por sorteo. Había que perpetrar algún delito de manera lo suficientemente disimulada y “sin pasarse” para no levantar sospechas y con el objetivo de que el daño no fuese mayor de lo deseado. Toñín discrepaba de aquella voz y se erigía como capitán de los sublevados mientras la esposa condescendiente empezaba a rebelarse contra su señor y amo.

Cuando la conversación hubo acabada, los miembros de aquel partido de una tal izquierda de no sé qué se alejaron lentamente por diversas veredas para no levantar sospechas entre los campesinos que labraban las tierras de municipios colindantes y desaparecieron rápidamente en el horizonte castellano como si todos ellos se tratasen de espejismos antropomórficos sacados de una estampa onírica de algún loco.

 

El día pasó y llegó el domingo. Mi padre y yo emprendimos un tortuoso camino de regreso hacia Santander en aquella furgoneta Citroën C-15 destartalada y durante una temporada me olvidé de la conversación del muro. Ni siquiera se la mencioné a mi progenitor. No obstante, meses después, cuando regresamos al villorrio, contemplamos con cierta desolación que varias tierras habían ardido y, curiosamente, con ellas había perecido varios animales del propio Matacristos que usaba maltratar a sus perros y gatos a golpe de vara hasta causarles una agonía insoportable. ¿Sospechoso, verdad? Que cada uno saque sus propias conclusiones.

El señor se presentaría más tarde como miembro de la tal IU a diversos puestos a los cuales, afortunadamente, nunca llegó. Mientras tanto, los aullidos de perros, gatos y otros animales rompían el silencio montañés de principios de aquella década y horas después aparecían las aves de carroña sobrevolando aquellas lomas. ¿Dónde estaban los perros de Matacristos? Han debido de ser los lobos- respondía él.

 

Después de aquella jornada aciaga e inolvidable, no volví a cruzarme con Toñín, el blasfemo de IU que gustaba de insultarme cuando yo era un pequeño muy rechoncho que rebotaba por las sendas del pueblo. Sin embargo, hace unos días me lo cruce en el monte, mientras yo caminaba apresurado en busca de bayas para experimentar en la cocina. No me reconoció, pero yo sí lo identifiqué a él.

Estaba ajado, pero mantenía su connatural enjundia. Intercambiamos algo menos de diez minutos de conversación. Él avanzaba despacio y mientras tanto intentaba imponer su autoridad moral dándome lecciones de política sin venir a cuento. “Ya no nos queda ni ETA”dijo bravucón y entonces yo me alejé entre los árboles y lo perdí de vista para siempre…espero.

 

 

 

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